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Corrían años erizados de peligro, pero luminosos de esperanzas, para la magnífica región serrana. Los valles de fértil verdor natural, ofrecían su entraña virgen a los primeros pobladores de la aldea humilde, que se apretaba al reparo del fuerte Independencia, aldea que más tarde se convertiría en la pujante ciudad de Tandil.

EL SARGENTO Lafuente y su hijo Andrés, un adolescente fuerte y vivaz, salieron de caza, en una luminosa mañana de diciembre, por zonas alejadas del Fuerte. Recorrieron desde temprano, la llanura y la serranía. 
Al mediodía trataban de encontrar el "monte del remanso", hermoso lugar arbolado, ideal para protegerse del sol. Eso sí.. un tanto difícil de localizar entre aquel inmóvil oleaje de colinas y rocas.
Guiados por el rumor de una quena, que parecía ondular por la suave brisa serrana, se acercaron al lugar en donde un viejo indio, aferrado a su tradición y a su querencia, hacía oír, indiferente, el eterno son de su dulce y místico instrumento...

De inmediato dieron con un profundo cráter, detrás de una brusca prominencia rocosa. Así se orientaron decididamente, tomando por un sinuoso sendero natural. Y bien pronto estuvieron bajo una espesa arboleda, a la orilla de un manso arroyo.

Almorzaron. El aire serrano y el ejercicio continuado, les habían despertado realmente el apetito. Las provisiones de emergencia fueron prontamente concluidas. Luego, el veterano sargento se tendió a descansar y dormitar, mientras el hijo, inquieto como los de su edad, se alejaba a observar. Recorrió el bosquecillo, costeando el arroyo en busca de nidos o simplemente, para vagar, un tanto deslumbrado y embriagado por los encantos de la naturaleza. Por fin, algo cansado también, se tendió en la hierba, sobre una leve pendiente que bordeaba un amplio remanso del arroyo.
El calor apretaba. Y la quietud del lugar era realmente cautivante. Hasta las aves del bosque descansaban entre las frondas. El silencio era turbado solamente por las chicharras y otros insectos que ensayaban su somnolienta y uniforme orquestación en el sopor de la siesta.

Por un momento se callaron las chicharras. Algún rumor?. El oído de Andrés no alcanzó a percibir ruido alguno. Pero, de pronto, el crujir de una rama indicó que algo se acercaba...
Una natural precaución le hizo permanecer inmóvil entre las hierbas. Con pasos suaves y cautelosos, una sorprendente figura se acercaba. Era una jovencita, casi una niña. Y su aspecto debía necesariamente llamar la atención del admirado muchacho. Una extraña serenidad emanaba de su figura toda, y una singular belleza armonizaba su cuerpo levemente bronceado, su rostro fino y su cabello de tenue reflejo rojizo. Demasiada clara su tez, para ser como las demás indias ; cubrían en partes su cuerpo ágil y escultural, con la vistosa piel de un felino. Bien se apreciaba que no era como otras aborígenes que Andrés había podido ver en las cercanías en la pequeña población.

Maravillado, el mozalbete, y cohibido por el extraño influjo de aquella extraña presencia insospechada, no pensó sino en ocultarse, como pudo, y mirar...
La jovencita llegó hasta el borde del arroyo. Sumergió sus tobillos, luego sus piernas en las tentadoras aguas, jugueteando suavemente con las ondas que la corriente formaba en su alrededor. De pronto, arrojo sobre un retorcido tronco de espinillo, la piel que cubriera su maravilloso cuerpo. Como una graciosa y metálica estatuilla que Andrés recordara haber visto en su ciudad natal, permaneció un segundo inmóvil, para lanzarse de golpe a lo más profundo del remanso, nadando y zambullendo repetidamente. Gozosa y sonriente, se recreó largo rato. Por fin, escurriendo sus cabellos con una mano, recogió con la otra su única prenda y se alejó tan rápidamente como había llegado.

Andrés quedó arrobado y hasta dudando de su lucidez...
En realidad, aquella maravillosa muchacha parecía formar parte del paisaje: Tan natural y armoniosa su figura en tan tranquilo y deslumbrante rincón!. Era un ensueño que cobraba vida, allí en ese marco que era el marco mismo de la poesía...
Sin decir una sola palabra a su padre, ni siquiera a Amancio Salas, su amigo de andanza y travesuras, torno Andrés diariamente, a su puesto de observación. Volvió solo. En su egoísmo, guardaba para sí el secreto de aquel descubrimiento que lo embriagaba de íntimo placer, como de natural reserva.

Tarde tras tarde, en su elegido escondite, el muchacho acechaba con fruición, no sin un dejo de remordimiento, por aquella alevosa posesión visual del conjunto de encantos de la juvenil belleza serrana; encantos que fueron fascinando hasta absorberlo y dominarlo. Perdido en cierto modo su control, se descuidó un día y se dejó ver...

Como una gacela sorprendida, se alejó la muchacha, ocultándose tan rápidamente, que ya no la pudo hallar.
Tampoco volvió la joven al lugar de sus cotidianas inmersiones.
Pese que el calor siguió apretando, inútilmente esperó Andrés, día a día, con obstinada paciencia y casi hasta la noche, en distintos y elegidos escondites.

Ansiosamente prolongó y varió los horarios de su pertinaz vigilancia, sin éxito alguno.
Por fin una mañana creyó descubrir las huellas de un diminuto pie, sobre la orilla del remanso, y una sospecha iluminó su esperanza..

Por la noche !...

Seriamente preocupado, el sargento La Fuente, comentaba con sus amigos, en la cantina, que algo inexplicable le ocurría a ese muchacho. Recordó ese año en que al perder a su esposa, en aquel Buenos Aires de su juventud, se enroló en las filas expedicionarias. Cuando se lo destinó al fuerte, en cuya fundación intervino a las órdenes del General Martín Rodríguez, trajo al lugar a su pequeño hijo, el que se fue criando a la par de la modesta población. Ahora, hecho yá un hombrecito, pasaba por una crisis que el padre no alcanzaba a comprender.

Amores ?...
Ya ?..Ni sospecharlo !..

Desde aquella excursión de caza -a la que el padre lo llevara- para foguearlo en esta clase de actividades-, Andrés ha cambiado su modo de ser. Ya no se entretiene con otros muchachos de su edad. Hasta Amancio Salas, su inseparable compañero, ha sido inexplicablemente olvidado.

Solo encuentra la oportunidad para alejarse hacia las sierras, con cualquier pretexto, regresando muy tarde y mas taciturno que cansado. Y bien pronto tuvo Amancio la revelación, por propia confesión de Andrés. Habiendo perdido éste las esperanzas de ver a "la muchacha del arroyo" y con la certeza de que la misma acudía ahora por las noches al lugar de sus acostumbradas zambullidas, allí planearon llegar los dos jovencitos, favorecidos por el plenilunio.

Al crepúsculo ya estaban en el camino hacia las serranías, La oscuridad llegaba rápidamente. Pero la gran luna, redonda y roja, se asomó detrás de la línea sinuosa de las solitarias colinas. Pronto un rumor de quena india, les advirtió que no estaban mal rumbeados...
-Es Zacharay- aclaró Andrés, ante el temor insinuado de Amancio. La "Boca del Diablo" se encuentra fácilmente después de verlo.

Es... peligroso?...

No!... que ha de serlo!.. Es un pobre indio, loco o tonto. Dicen que medio curandero y bastante estrafalario. Pero amigo de los blancos, que suelen buscar para pedirles yuyos para sus males..
Andrés siguió explicando, ya con cierto temor que el otro advertía en el tono apagado y un tanto tembloroso de la voz. No era para menos: muchos decían que ZACHARAY era, bajo su apariencia estúpida e inofensiva, un poderoso hechicero, que cumplía un extraño sacerdocio aborigen. Y, aunque parezca mentira, tenía entre sus diabólicas facultades, la de hacer abrir en las sierras un profundo cráter, tan profundo que si se arrojaban piedras, nunca llegaban al fondo... Hasta llegó a afirmarse que ZACHARAY era el mismo Satanás, y por consecuencia, a la extraña cima se la mencionó siempre como "LA BOCA DEL DIABLO".


Lo realmente curioso era que, pese a seguir -aparentemente quizás- el mismo camino, resultaba poco menos que imposible dar con el insondable pozo sin un previo encuentro con el extravagante y melódico indio que, arco al hombro, hacía sonar su quena con quejumbrosas notas. Notas que eran, a la distancia, como los ecos mismos de la montaña...
Así lo vieron los recelosos muchachos, bajo la claridad de la luna. Al parecer, no reparó "ZACHARAY", en la presencia de los intrusos, ahora tan desacostumbrada.

Como lo anunciara Andrés, pronto descubrieron el cráter. Sin aproximarse -por las dudas- se orientaron los sigilosos huéspedes de la noche y bien pronto estuvieron escondidos en la parte más oscura del bosquecillo, junto al precioso remanso, al que, la brillante luna de cobre bruñido, tornaba en lago de oro y luces.

La noche estaba calurosa y quieta. Tan silenciosa que, a la distancia, se escuchaba aún la quena de ZACHARAY. Y hasta parecía, por momentos, que se acercaba...

Agitados por la marcha, los dos jovencitos se quitaron la casaca. El agua era una tentación, y con gusto hubieran ensayado una zambullida, como lo hacían a veces en el "Arroyo del Fuerte".
Pero debían permanecer quietos, silenciosos y a la expectativa...
Con la quietud del aire, se hacía más pronunciado el perfume de las hierbas serranas.
Por fin, tan silenciosa como ellos, una silueta ágil se acercaba.
Contuvieron hasta la respiración y.. Si era ella!!....

Con la complicidad de la noche y la admirativa contemplación de la luna bonachona, la maravillosa indiecita iba a deleitarse en las luminosas aguas, memorando voluptuosamente su contacto con el refrescante líquido.
Poco a poco se fue internando. Y, de pronto, como si un presentimiento la advirtiera de algún peligro, retornaba, al parecer por precavido recelo, hacia la orilla, cuando...
Fue algo imprevisto e instantáneo.

Andrés, perdido el control de su prudencia en la nerviosidad de su constante espera, se lanzó como un loco, desde su escondite, a cortar la retirada de la aborigen.
Amancio, en la sombra, adivinó el sobresalto de la muchacha ante la inesperada presencia, advirtió su involuntaria decisión y su desesperada tentativa, por llegarse, en pocos saltos, al lugar dónde momentos antes dejaban su sumaria vestimenta, sitio al que también se precipitaba su ofuscado admirador. Llevando ambos parecida y desenfrenada carrera, debían llegar poco menos que simultáneamente. Resultó casi increíble, pero fue ella, diestra y flexible, quién saco escasísima ventajas. Con rápido movimiento tomó la piel a tiempo que, con un felino brinco, esquivaba a su inesperado enemigo y se alejaba a todo correr, seguida empeñosamente por aquel.

Muy poco habría de durar la persecución. El zumbido de una flecha, que alguien disparara desde oculto lugar, fue como un latigazo que cortó la carrera, y la vida del infortunado Andrés, quién cayó sin un ay.
Amancio, venciendo su justificado temor, se acercó después y pudo ver a su amigo ya sin vida con una flecha certeramente clavada en el corazón. Tuvo una sospecha, y ya oculto de nuevo, observó cómo se acercaba ZACHARAY. El indio cargó el cuerpo del muchacho muerto, con una fortaleza y agilidad que distaban mucho de lo que habitualmente aparentaba. Y partió en rápida marcha. Más muerto que vivo, siguió Amancio a prudente distancia. Así fue testigo horrorizado de cómo el aborigen llegaba a la infernal abertura y arrojaba a sus profundidades el cuerpo del desdichado Andrés.
Loco de terror, por la mañana siguiente, llegó Amancio al caserío. Dio cuenta al padre de lo ocurrido. Este salió como alma en pena, en desesperada marcha hacia las sierras, portando como anticipo de su furia, su fusil de servicio...

Tras incesante andar, encontró por fin a ZACHARAY, tocando su incesable quena, bajo la más inofensiva apariencia. Al ver al sargento, ensayó una sonrisa de cándida estupidez. Pero el gesto y la decisión de Lafuente (el sargento) lo hicieron comprender sus intenciones.

Interpelado rudamente, intentó negar. La seguridad del blanco lo hizo vacilar y su rostro fue toda una confesión. Mientras Lafuente, apremiaba: Canalla!!.. A ver... Dónde esta el muchacho?.. Dónde está el pozo?!!..

MOKAIBUE, Sagrada.. Mozo blanco buscar MOKAIBUE... Hasta atacarla!!... Mozo blanco... Morir..

Mi hijo!!... Era.... Mi... Hijo..!!

Se vio perdido el indio. Sus ojos fueron dos chispas. Y sus manos tendían ya, con repentina decisión, el arco. Pero un disparo certero del sargento, lo dobló en agonía.
Caído el infiel, intentó aún erguirse. Pero ya vacilante y desarmado, fulminaba con horroroso gesto a su rival, que lo interpelaba todavía con lógica insistencia:

Ahí "tenes" maldito!.. Me dirás ahora dónde esta el pozo..
A ver... "Habla!" "Habla!" Dónde esta?!
Nunca lo encontrarás!!.. Ahora, ya nunca más.. Nunca más!...
Allí expiró el salvaje con una forzada risa que fue como una maldición...
En la mente del curtido soldado, quedó como un eco desgarrante y repetido, aquel ..Nunca más!...Nunca más!...
Y nunca más logró encontrar el cráter, que fuera definitivo sepulcro para su hijo.
Por años enteros buscó Lafuente el fatídico lugar. Sus amigos solían colaborar. Un día, un viejo compañero de armas llegó a la aldea sin aliento: había descubierto el Pozo!...

Pero Lafuente hacía horas que no pertenecía ya a este mundo...
Desde entonces, "La Boca Del Diablo" -legendario cráter de las serranías tandilenses- esfumándose milagrosamente, sigue siendo tema propicio de asombrados comentarios, sin que nadie acierte a explicar el misterio de sus intermitentes y desconcertantes desapariciones.