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Cosas del 1820, en la llanura bonaerense...

Amadeo Laza y su amigo Ceverino, galopaban de regreso al pueblo de Salto. A instancias de , Amadeo amante de bailes y diversiones, se aproximaron a un rancho recién blanqueados, y con pretensiones de pulpería. Un rumor de guitarras y canciones los atraía.
Aún contra el deseo de Amadeo Laza -que evidenciaba apuro por seguir su camino- se acercaron y pronto se vieron mezclados en el bullicio de la gente que participaba de aquella fiesta criolla.
Ceverino, engolosinado, ahí nomás se trenzó a bailar con una morocha que lo ensartó de entrada con sus negros ojazos.
Amadeo, olvidando momentáneamente su anhelo de seguir viaje cuanto antes, , también formó pareja con una parlanchina criollita, que revoloteaba graciosamente su pañuelo en la zamba -La cosa va linda!!- exclamaba Ceverino.
Y los dos paisanos comenzaban a olvidar el deseo -de Amadeo- de estar cuanto antes en el pueblo, donde éste, por primera vez dejara sola -casi por una semana- a Rosaura, su joven esposa. En ese aspecto, Ceverino no tenía problema. El, picaflor y andariego, no se ataba a pago alguno, y sus amores eran cosas del momento, superficiales, sin lazos ni consecuencia para su libertad.

  La precipitada llegada de un jinete que cuchicheó algunas novedades al oído de don Zenón, el pulpero, puso una nota de curiosidad e inquietud en los presentes.
Acallada la alegría y la música, todos supieron ahora, por boca del patrón, la nada tranquilizadora realidad, Indios...
Los Pampas se adivinaban a la distancia.
Ahora habían hecho víctimas a los dos solitarios mercachifles, en un camino no muy distante. Y se tenía la sospecha que se dirigían hacia el tranquilo pueblo de Salto.
Amadeo Laza montó presuroso su caballo, mientras Ceverino lo seguía con escasa decisión, y mirando repetidamente hacia donde Graciana, -su morocha- desolada continuaba quemándolo con su mirada prometedora..

Ya en su alocado galope hacia la etapa final del tedioso andar, en un recodo del agreste camino, toparon con el humeante carromato de dos conocidos mercachifles de la región: dos árabes que, seguramente, habían pagado con sus vidas el humilde coraje de transitar su modesto negocio por todos los pueblos, ranchos y estancias de un amplio y solitario paraje. Al acercarse, vieron un solo cadáver. Pero pensaron que el otro desgraciado no andaría muy lejos; tal vez desangrado entre los arbustos.
Montados otra vez, una nueva sorpresa los esperaba; dos Pampas los habían descubierto y se venían al humo...
Seguramente habían quedado vigilando. Y ya veremos por qué.
  Uno de los infieles arremetió ferozmente con su lanza hacia Amadeo. Este, con hábil movimiento, pudo eludir el foribundo chuzazo, al tiempo que su daga abría el flanco del atacante. El otro enderezaba ya hacia Ceverino, quien algo demorado en sacar su arma estaba casi a disposición del salvaje..
Un estampido providencial, desde el bosquecillo inmediato, dio por tierra con el indio mientras hacía su aparición, rifle en mano, el segundo de los mercachifles, al que creían muerto junto a su compañero.

Pasado el mal trance, cabalgaron desenfrenadamente hacia el poblado, con el alma llena de tristes presagios que, por desgracia, habrían de confirmarse. Muy pronto observaron lejanas nubes de humo y polvo...
La realidad no pudo ser más triste. Muerte y desolación por todas partes. Cenizas humeantes... Frente al destruido rancho donde quedara la Rosaura, una anciana mal herida les informó:


"Allí.. protegidas en la Iglesia... Ah.. La santillana también!!"

Una esperanza.. Las puertas, allí son fuertes, macizas...

Pero no!!.. La iglesia ya no tenía puerta. Y los destrozos revelaban el impecable ataque de los Pampas.
Imposible creer tamaña desgracia!!.
La realidad sobrecogía: muertos por todos lados. Ruinas. Y las mujeres del pueblos, las que no estaban mal heridas, no cabían dudas de su suerte: cautivas de la indiada.
  Espantoso destino!!..
Seguido por Ceverino, Amadeo galopeó frenéticamente hacia una lomada de las afueras, y alcanzó a distinguir las últimas hordas de los salvajes que huían triunfales, llevando en ancas su más codiciado botín, que es la mujer del blanco. Cuando Amadeo se alistó en las fuerzas que organizó el gobernador, General Martín Rodríguez, para castigar a los vándalos, Ceverino no vaciló en imitarlo. Así, juntos, cruzaron el desierto hostil, integrando la expedición que llegó hasta las serranías de Tandil y fundó el Fuerte de la Independencia.
Tenía, Amadeo, un escondida esperanza que lo hacía fuerte y decidido.
Suponía que algún día habría de saber algo de su joven esposa.
Una intuición irreprimible lo incitaba a preferir la presumible proximidad de las tolderías pampas. Por eso, siempre estaba listo para integrar partidas, fueran ellas de parlamento, de vigilancia o de represión, cuando los salvajes realizaban sus desmanes.

Fueron pasando el tiempo y los acontecimientos. La esperanza de Amadeo se esfumaba en el transcurrir de una vida de penurias y sacrificios.
  Esa mañana de agosto, La zona del Fuerte apareció cubierta de espesa niebla. La niebla es un fenómeno común en el invierno serrano. Pero ese día era excepcionalmente cerrada. Toda visión se esfumaba a escasos pasos de distancias. Y el habitual paisaje matutino se reducía a un extraño mundo de fantasía e irrealidad, como en los sueños...
No todo era fantasía. Y la realidad bién pronto puso alarma a la población. Por la noche la indiada había conseguido soltar las caballadas!!... y, protegida por la niebla, se alejaba con su arreo hacia las lejanas tolderías.
La reacción fue inútil. El dominio aborigen de las secretas sendas serranas y la calculada ayuda de la niebla, hicieron imposible toda persecución.
  Más tarde, desplazada la neblina, se despacharon partidas hacia distintas zonas alejadas, con el fin de obtener rastros u orientación para nueva persecuciones. Pocos datos se pudieron conseguir. La indiada, y el producto de su robo ya estarían muy lejos. Y habría que resignarse por el momento, a la pérdida de una gran parte de la caballada...

Un grupo de soldados, en el que participaba Ceverino (Amadeo había quedado en el cuartel), tuvo por misión recorrer una amplia zona, hacia el norte del fuerte. Tras monótonas e inútiles horas de marcha tuvieron todos una sorpresa realmente mayúscula: Una figura humana salía a su encuentro. Corriendo, desde unos matorrales algo distante. No. No era un indio, ni venía en son de pelea. Era... Era una mujer!!!...

Y era una mujer joven. Que podría ser bonita pese a sus harapos y a las huellas de incontables padecimientos. Qué hacía esa mujer en medio de esa llanura inhóspita, acosada por el frío, el cansancio y las espinas, sin contar con el peligro de las fieras y el hambre.
  La verdad que su presencia en aquel solitario lugar tenía todas las características de un milagro.
Realmente sorprendidos, los soldados, le otorgaron ayuda a la pobre mujer, la que dijo llamarse, Rosaura Santillán.
Rosaura. Ceverino venía de escuchar varias veces ese nombre en boca de su amigo Amadeo. Tuvo una sorpresa. Pero no, no podía ser. Sin embargo..

De regreso, contó Rosaura, como pudo, sus penurias: varios días de fuga la habían alejado de las tolderías, ya distantes, donde tuviera un triste y largo cautiverio.
Ya en el Fuerte y ante el comandante, detalló toda su odisea.
Así se supo que, junto a otras mujeres (unas trescientas en total) habían sido llevadas por los indios en aquel terrible malón de diciembre de 1820... Ceverino picado por la curiosidad y la sospecha, logró escuchar esta última parte de la narración. No necesitó más para correr en busca de su amigo. No había duda. Era ella!!!...
Pero justamente, Amadeo había salido junto a una veintena de soldados hacia un punto donde parecían haber quedado algunos caballos. Todo fue una emboscada de los infieles. Y Amadeo Laza cayó con varios de sus compañeros, conforme informaron los que -ya de noche- lograron retornar.
Unico conocedor - Ceverino - de la intensa ironía del destino, optó por guardar el doloroso secreto, y nada supo la mujer. Para qué agregar otro dolor a ese rosario de padecimientos que torturaron su vida?.. 

La historia no hace mención posterior a la existencia de esa valerosa mujer. Pero todo da a presumir que, tras el regreso a sus pagos, nunca llegó a imaginar de cómo la casualidad pudo haberla puesto en el trance feliz de un encuentro con su enamorado compañero, ni cómo la misma casualidad hizo también que el milagro -por una simple cuestión de horas- se frustrara definitivamente..