f-elmastin.gif (19672 bytes)

Si hubieran existido allí testigos, de seguro hubieran quedado totalmente asombrados al presenciar, inesperadamente, el paso veloz y ágil de aquella figurita femenina, bella y graciosa...



En verdad, no era un lugar, ni una época, en la que pudiera esperarse una aparición así. Qué hacía esa muchachita esbelta, vivaz, que irradiaba alegría natural, en medio de aquel desierto y verde valle?
Dónde vivía? Era india, mestiza o blanca? Como podía subsistir y desenvolver su juvenil vida en medio de aquel ambiente, ahora solitario?

Primavera de 1822.....
  El valle estaba en su anual milagro de verdores y belleza.
De las serranías cercanas salpicadas de flores silvestres llegaba la brisa calma, acariciante, con un fresco vaho de menta y de lozanía vegetal. La vida de la naturaleza despertaba, agreste y feliz, entre aquellas rocosas colinas que, años más tarde, enmarcarían a la bella ciudad de Tandil.
  Quiénes habitaban tan paradisíacos lugares?

Solos los distintos grupos de animales, integrantes de la característica fauna de la región, que unificaba a los veloces pobladores del llano con los que hacían su habitual guardia en las sierras; cuyos picos, no tan elevados, solían contar también con el penacho altivo de algún águila. Todo un mundo animal disfrutaba feliz y a sus anchas de un paraje en el que el hombre no interfería lo natural de su cotidiano y tranquilo vivir.

La aborigen población humana había retrocedido hasta lugares más seguros, por la presencia detectada, o la amenaza, de gruesas columnas del ejército de Buenos Aires.
  El hombre blanco, dueño de una extraña civilización, que construye pero mata, pronto se hará dueño de estas maravillosas tierras, cuyas fertilidad se prodiga en el verdor y lozanía de su flora natural. Otras regiones ya estaban en poder del invasor. Y, por precaución o por evitar inútiles matanzas y sangrientas luchas -para las cuales había suficiente valor pero desiguales armas- se produjo el alejamiento de la indiada.

El éxodo de los aborígenes parecía haber dejado despoblada la región. Sin embargo, en ese repliegue pampa hacia la zona de las hoy llamadas "SIERRAS DE LA VENTANA", quedaron por el pago algunos que otros personajes desarraigados del grupo abigarrade.
  Algunos blancos desertores o renegados, poco comprometidos con la indiada, bandidos, elementos aislados de la civilización, mestizos o indios tal vez, hacían su propia vida aislados u ocultos en los vericuetos de las sierras y los montes
En un intrincado rincón, jalonado de rocas y viejos espinillos, permanecía "AMBUIRA", hijo de la que fuera la cautiva de un gran cacique. Su porte extraño inspiraba respeto a quienes lo veían, pero más lo inspiraban, sin duda, la temible arma de fuego que mantenía en su poder. Ventaja muy considerada en aquellos tiempos y lugares...

El curioso ermitaño, vivía en compañía de su hija, una jovencita de maravilloso porte, de piel clara y reflejos dorados en su pelo.
La chica solía jugar -seguida de un imponente mastín- en las proximidades de su refugio. Pero los últimos tiempos, y especialmente ahora que la primavera invitaba a ello, se aventuraba a incursiones hacia lugares más distantes; eso sí, seguida del respetable animal...
  Tal vez como un rito, se dirigía muchas veces a un cerro muy particular, de enormes rocas agrupadas como por titanes, al que llamaban El monte de la "PIEDRA VIVA" porque, con sólo tocarla notábase el estremecimiento de la enorme mole, que más tarde se popularizó mundialmente como la "PIEDRA MOVEDIZA". La atraían algunos recodos del arroyo, especialmente un protegido remanso en cuyas tranquilas aguas solían refrescarse cuando el calor invitaba a unas reconfortantes zambullidas. En una de sus alegres correrías, con el perro, fue descubierta su presencia por dos desarrapados desertores, con muchos años de deambular entre los indios y alimañas del desierto. Casi ocultos en sus sucias madrigueras, los dos bandidos, ante la visión del imponente guardián de la muchacha, no tuvieron más remedio que contener sus impulsos y la tentación por alcanzar tan apetecible como sorprendente presa. Pero en sus mentes obsesionadas, surgían los planes para volver a encontrar a la muchacha; y en circunstancias más propicias..
  Mientras comentaban esa promisoria perspectiva debieron ocultarse rápida y totalmente, pues unos pasos muy firmes y una rápida mirada les hizo entender que alguien se acercaba. Y era nada menos que un mocetón indio, fuerte y temible, al que por allí conocían como "EL CACIQUE". Por suerte, pareció no haberlos visto. Era mejor no tener ninguna clase de contacto con él.

En las oportunidades en que "AMBUIRA" -el padre de la chica- realizaba alguna cacería por la zona, lo acompañaba el enorme perro, constantemente ansioso por salir a corretear por los valles y laderas.
Ese día, la muchacha, urgida por quién sabe que impulso natural, resolvió alejarse sin la protección del fiel animal.

Cuando los dos harapientos desertores la vislumbraron, algo distante aún, no pudieron esperar a que se acercara. Y corrieron como forajidos que eran, al encuentro de la sorprendida jovencita. Adivinó ella las aviesas intenciones. Y, tras un grito de terror, inició a su vez veloz carrera. Su agilidad y juventud la favorecían. Pronto la distancia con sus perseguidores iba en aumento. Pero tuvo mala suerte al atravesar velozmente un paso del arroyo, resbaló en el musgo de una piedra y cayó. Su cabeza golpeó contra unas rocas de la orilla. Y quedó semiconsciente...

  Un grito de victoria escapó al perseguidor más cercano, cuando estuvo muy próximo a aquella anhelada y difícil presa...
Ya se inclinaba a levantar a la muchacha que lo miraba tan aterrada como aturdida, cuando un feroz golpe en la nuca lo derribó sin una queja. El otro "valeroso" perseguidor, al ver de dónde provenía la defensa de la joven, no vaciló en escabullir su maloliente humanidad, mientras exclamaba jadeante -"El cacique!!, El cacique!!"-.

No fue tan prolongada su huida. Esta vez el estampido de un arma de fuego dio por tierra con el cobarde. Alguien más había observado parte de la escena. Y ahora, con "EL CACIQUE" lavaban la frente herida de la muchacha.

Era... "AMBUIRA"...

Los ladridos impaciente del mastín, ansioso por hacer también su justicia, se tornaron en expresiones de alegría cuando vio ya repuesta a la muchacha, a la que ahora lamía contento las manos que lo acariciaban...